El hijo del Trauco

Cuento perteneciente al libro "El antiguo murmullo".

Salustio Godoy

5/3/202619 min leer

Cristina, como cada mañana, se escabullía de la vigilante mirada de su madre. Se escondía de la locomoción y de las vecinas. En el tranquilo pueblo de Gamboa, cercano a Castro, todos se conocían y faltar a clases era un delito difícil de esconder. La muchacha evitaba las calles y, saliendo del pueblo, se internaba en el bosque sin fijar rumbo; su enamorado la guiaba.

Con cada paso, Cristina se encorvaba más, sus manos entrelazadas como nudos de miedo, su mirada sobresaltada buscando algo, lo que fuera; sentía que algo la observaba desde las sombras de los árboles. Se movía como un pequeño roedor atrapado; cada crujido bajo sus pies, cada susurro del viento entre las hojas la hacía tensar el cuerpo, ansiosa y temerosa, como si el bosque mismo respirara a su espalda. Su cuerpo podía sentir cómo la temperatura bajaba mientras se adentraba. El olor a pino y árboles ancestrales danzaba en sus fosas nasales, y la luz era cada vez más escasa.

Esperaba la llamada o el mensaje de su verdadero amor. Se reunirían, como siempre, antes de ir a clases o, directamente, para pasar el día juntos, en la pequeña cabaña de su enamorado, escondida en el tupido bosque.

—Mi amor, por aquí —susurró una voz dulce y enamorada, suave y con personalidad, una voz que a ella le daba seguridad. La dulce voz, similar a un cántico, retumbaba entre los árboles, como un susurro místico, como una guía espiritual. El tupido bosque nublado de la gran isla se cerraba tras ella con cada paso. Cristina, ajena a cualquier indicio de sendero, sentía la opresión del follaje, el musgo resbaladizo bajo sus pies y la inquietante quietud que solo se rompía por la dulce voz de su enamorado, su único faro en esa bruma. Habían ejercitado la comunicación. Al principio, eran mensajes de texto, audios de WhatsApp o llamadas, pero con técnicas de conocimientos ancestrales que Juan «había escuchado», ahora, sus cerebros y corazones estaban conectados el uno al otro y ambos… al bosque. Si lograban el punto de concentración, podían «escucharse». Y Juan, el viejo herborista de mirada profunda, utilizaba este método con la constancia de quien siembra una verdad en la tierra fértil de un amor prohibido, invocando esa voz dulce y enamorada que se convertía en el único faro para Cristina.

—Un poquito más, y ya llegas, mi amor —la misteriosa voz de Juan caía desde lo alto de los árboles, envolviéndola. Era familiar, sí, pero su eco en la quietud del bosque seguía encogiéndole el estómago: un sobresalto persistente que se mezclaba con la seguridad de saberlo cerca. Ganando valor, seguía el eco de Juan.

Entre los arbustos y sombras del bosque apareció la cabaña, el lugar destinado al amor fugitivo, el refugio del secreto que existía entre ambos.

Al llegar al refugio de madera con calor de hogar, notó la puerta abierta y de inmediato entró. El clic del pasador resonó, sellando el secreto. Al girar, la calidez del fogón la abrazó de inmediato, mezclándose con el dulce aroma del té hirviendo en la tetera. La luz de la televisión parpadeaba en las paredes de madera, y las cortinas abiertas ofrecían retazos del bosque, como ojos curiosos que la observaban. Miró a todos lados y vio todo en orden, pero no encontraba a Juan. Caminó unos pasos, casi en cuclillas, tratando de no hacer ruido, con todos sus músculos apretados: el cuerpo tenso, listo para dar un salto y correr si así correspondía, y el corazón deseoso y ansioso por encontrarse con su enamorado.

La pequeña y acogedora cabaña estaba en orden, todo dispuesto a la visita, pero el anfitrión no aparecía.

—¡Ay! —Cristina lanzó un grito cuando Juan la tomó por la cintura desde la espalda—. No me asuste así, vio que yo soy cobarde —reclamó entre risas nerviosas.

—Es que cuando se asusta, se ve más linda —respondió el hombre, con la voz enamorada y los ojos negros hipnotizados por la belleza. Cristina era un rayo de sol matutino: delgada, de cabellos rubios lisos y tez blanca. Sus ojos, de un verde intenso, destacaban en su rostro angelical y contrastaban con los ojos negros de Juan, en los cuales, a pesar del amor que transmitían, no se apreciaba brillo alguno.

—¿Cómo hace para aparecer así de la nada? —preguntó ella asombrada y divertida, como una niña a la que un mago le hace un truco.

—Se cuenta el milagro, mi niña… —Sonrió animoso el señor, mostrando su deteriorada y amarillenta dentadura.

—Tengo poco tiempo, como siempre —se lamentó la joven haciendo una mueca inocente con la boca. Luego de un segundo mirándose fijamente, se fundieron en un beso apasionado. Ella estaba feliz en la cabaña, de pie y abrazándolo fuertemente, desesperadamente, encontrando en su beso y abrazo paz y satisfacción.

Cristina, muy joven —pero en edad de casarse—, estaba muy distante de la edad de Juan que, si bien nadie en el pueblo conocía, todos sabían que por él habían pasado más de cuarenta inviernos. El trabajo de herborista en el solitario y peligroso bosque le sumaba años; su vestimenta, siempre abrigada, con chalecos de lana y gorro chilote, lo hacían parecer un tosco eco de duendes y hadas de un encantado paraje. Cristina besaba desenfrenadamente al hombre, quien, más bajo que ella por al menos veinte centímetros, debía empinarse. Ella, agachada, comenzó a sacar su ropa desesperadamente. El abrigo, la blusa y los pantalones volaron por los aires, dejando al descubierto la tierna y suave anatomía de la muchacha que, sin miedo a las consecuencias, se entregaba cada mañana al cálido y apasionado amor de Juan. Él, viril y extasiado, sabía qué lugar tocar para que ella cayera en un profundo estado de satisfacción; conocía ya su cuerpo y era hábil en las presiones, velocidades y ritmos que debía ejercer en ella para alcanzar el tan ansiado placer físico, mental y sentimental.

Amalgamados y rendidos de éxtasis, cayeron sobre la cama de Juan. Cristina se hundió en las suaves sábanas y preciosas frazadas, aspirando el aroma peculiar de su hombre: una mezcla de tierra húmeda, pino y una dulzura salvaje que se aferraba a su piel, como el bosque mismo. Amaba esa cama, esa cama que tanto placer y seguridad le daba. Juan se levantó desnudo y le trajo una bandeja con pan, y flores; ella, al verlo, saltó de alegría. No le importaba la escasa belleza de Juan, su cuerpo lacerado, lleno de cicatrices, huesudo y arrugado, castigado por la naturaleza y por el tiempo. Ella veía en él la preocupación, la dedicación y el amor eterno que le ofrecía. Inundada de amor y sin perder tiempo, lanzó la bandeja del desayuno y saltó nuevamente sobre su amante. Ambos envueltos en risas y desnudez, volvieron a desatar sus pasiones.

Pasaron gran parte del día juntos; Cristina no quiso ir a clases y, junto a Juan, prepararon pócimas y perfumes de flores. Gran parte del día la pasaron amándose. Era una necesidad incesante en Cristina y Juan, quien, pese a su malgastado cuerpo, tenía una energía sobrenatural, era un excelente amante y llevaba a Cristina a estados de placer inimaginables.

Luego de una incesante maratón de amor, ambos quedaron rendidos y desnudos en la cama; durmieron abrazados y pasaron la siesta felices y enamorados.

—¡Chuta! Se me hace tarde, Juan, me tengo que ir —dijo ella exaltada al ver la hora, mientras se vestía apurada. Juan tomó el teléfono móvil de ella desde el velador.

—Niña, tiene treinta y tres llamadas perdidas y un montón de mensajes —advirtió el hombre, acomodándose en la cama y encendiendo un cigarro de hoja. Las brasas calientes del cigarro caían en el pecho desnudo y cubierto de pelos de Juan, que no permitían ver a simple vista la piel: una piel blanca como la de un animal y llena de extrañas cicatrices.

—¡Chuuu!… ¿De mi mamá? —preguntó preocupada, vistiendo el sostén y guardando sus jóvenes y tiernos pechos, su mayor atributo.

—No…, de Felipe —respondió el pequeño hombre, haciéndose una coleta con las manos. Su pelo largo y escaso en la frente parecía hilos de higuera o pelos de caballo, negros con una creciente población de canas, que le entregaban el estilo hippie que él quería conservar.

—¡Haaa! Ese chiquillo… ¡Ufff, menos mal! —expresó aliviada. Juan la miraba con amor mientras botaba el humo por la boca. Cristina, vistiendo la blusa y preparando el abrigo para salir, se detuvo en sus ojos. Ella veía la bondad, la tranquilidad y la libertad de un hombre maduro que sabe lo que quiere y que había renunciado al sistema. Se sintió mal por no poder acompañarlo y por estar siempre viéndose a escondidas, por no ser valiente y declarar su amor que, hace más de un año, traían oculto. El qué dirán y las críticas del pueblo le pesaban. Juan tenía fama de mujeriego y, en su juventud, tuvo muchos problemas con los matrimonios de la zona; fue tanto el escándalo que provocaban sus aventuras que tuvo que cerrar el taller mecánico y se internó en esta pequeña cabaña. Ahora vendía de vez en cuando perfumes y brebajes para la virilidad y el poder sexual, una receta milenaria que aún vivía gracias a él.

—¿Cuándo la veré de nuevo, niña? —preguntó el hombre de mirada enamorada. Su rostro viejo y arrugado, de pómulos marcados e incipiente calvicie, mostraba dos grandes cicatrices a la altura de la frente, unas quemadas profundas como golpes que Juan disimulaba con su gorro de lana. Frente a Cristina no escondía sus cicatrices ni su apariencia, pero del pueblo se había ocultado hace más de dos décadas. Ella, obnubilada de amor, veía un rostro radiante, bello y viril de su fornido macho.

—Mañana, vengo mañana, pero no me puedo quedar todo el día. Me van a pillar en la clase, mi mamá puede ir a preguntar y, ¡ufff!, ahí jodimos —rio nerviosa, lista y dispuesta para salir del bosque. Apenada y ansiosa por el reencuentro, dejó la cabaña, no sin antes besar apasionadamente a su hombre que, desnudo en la cama, la despedía fogosamente.

El camino de vuelta no estuvo exento de miedo. Al terror de Cristina se sumaba que las penumbras gobernaban el cerrado bosque, pero la mágica voz de Juan resonaba en su mente. Los bellos deseos, los piropos y adulaciones a su belleza, el recuerdo de los gemidos y calores internos le dieron valentía y logró salir del bosque. Ya en la calle, buscó un colectivo y se alejó del sector donde, en la mágica cabaña, era feliz.

Llegó a su casa con total normalidad, saludó a su madre y se fue a su habitación, en el segundo piso. Se recostó y, aún emocionada, recordó la maratón de amor que tuvo con su adonis. No podía sacarse de la cabeza los recuerdos de ese escuálido cuerpo sobre ella, de esos huesudos muslos y los besos de esa boca con algunos dientes menos. Fue tanto el deseo que tuvo que ir a la ducha fría para poder reponerse. Al salir de la ducha, sintió la voz de Felipe en el primer piso. Se escuchaban gritos y llantos de su madre, así que se ajustó la toalla y bajó rápidamente.

—¿Qué le estás diciendo a mi mamá? —encaró al joven, apenas bajó las escaleras. Felipe, tan solo un año menor que ella, estaba hablando con la madre de Cristina, quien lloraba amargamente. Sentada en la mesa, la mujer regordeta y con delantal de cocina tenía la cabeza de cabellos rubios, tomada con ambas manos, tratando de controlar el llanto.

—¿Dónde andabas tú? No estabas en clases. Te fui a buscar y me dijeron que no fuiste —remata el joven, fuerte y violentamente. Su tono de voz, grave e inquisidor hacía juego con su postura y físico. De 1.80 de estatura y grandes brazos que parecían troncos, esculpidos en el gimnasio y en el trabajo de leñador que tenía junto a su tío —padre de Cristina—, le daban el poder físico y la seguridad de un guerrero. El joven de cabello negro y ojos café claro movía frenéticamente la cabeza de lado a lado, como negando lo que pensaba, no entendiendo el actuar de Cristina. Su bello rostro y delicadas facciones lo asemejaban a un príncipe de cuentos de hadas, a un ángel enojado con la mente perturbada, al mismísimo Lucifer.

—¿Y qué te metes tú? —respondió la joven enojada. Se agarró la toalla en un gesto de nerviosismo; la posibilidad de ser descubierta la congeló. Su piel sintió el frío del ambiente y se aglutinó en pequeñas pelotitas; su corazón se aceleró y un tambor comenzó a sonar en su mente.

—Estabas con ese viejo asqueroso, ¿no? ¿Cómo puedes ser tan cochina, Cristina? —suelta de golpe el joven, asqueado y haciendo una mueca que, pese a lo arrugado, no deformó su precioso rostro.

—¿Cómo es eso, mija? ¿Cómo anda con el Juan ese? — inquirió la madre de la muchacha que, terminando el llanto, se levantó furiosa de la mesa. Cristina sintió que la realidad se terminaba, su sueño ideal y misterioso se derrumbaba y ahora debía enfrentar la verdad. Asustada y apenada, no hizo más que pelear a gritos con Felipe.

—¿Por qué te metes en mi vida? ¿Qué te he hecho yo? — le exigía respuesta, comenzando un llanto nervioso y moviendo su cuerpo de adelante para atrás de forma rítmica, con una mano en la toalla a la altura de los senos y la otra, exigiendo explicaciones.

—Dígame la verdad, mija: ¿anda acaso usted con ese viejo? —sollozaba la madre—. Mi amor, ese viejo es horrible y mírese; usted es bella, joven… No caiga en las mentiras de ese viejo, tiene fama aquí en el pueblo, yo lo conozco bien —alegaba la mujer mientras los jóvenes a gritos seguían la discusión.

—Seguro, el viejo te quiere para revolcarse nomás, te está usando, ¡no seas tonta! —ametrallaba Felipe con una violencia excesiva. Se movía como león enjaulado de lado a lado tras la mesa donde la mamá de Cristina preparaba panes. La joven acusada respondía como podía desde la bajada de la escalera. Tragándose la rabia y las lágrimas, trataba de no revelar información ni reconocer nada; solo repetía la misma pregunta, cada vez con más ahínco.

—¿Y qué te metes tú? ¿Qué te he hecho yo a ti?

—Mija, dígame, dígale a su mamá: ¿anda con ese viejo? ¡Es que no lo creo, mija! Ese viejo tiene más de cincuenta años, es horrible, le falta un ojo y apenas camina, ¡por Dios! —gritaba la madre entrando en una crisis de pánico. Los gritos fueron callados de golpe con la irrupción en la escena del padre de Cristina, el maestro leñador. Un hombre grande, robusto y silencioso que, al ver el espectáculo, gritó como un guerrero espartano.

¡Silencio!

Todo quien escuchó el grito sintió el frío en los huesos; fue Felipe quien venció el miedo y le habló a su tío. El hombre miraba directamente a los ojos verdes de su hija. La mirada sostenida estaba masacrando la mente de la joven. Bajo las tupidas cejas, los verdes inquisidores del padre buscaban la verdad. La mandíbula apretada y el mentón bajo le daban un tono más que amenazador. Cristina no podía oír. El terror a su padre le había robado el sonido; sus oídos zumbaban con un vacío ensordecedor. Congelada, solo lo miraba con ojos de ternura, aferrándose a la esperanza de encontrar una pizca de piedad en la mirada inquisidora de su padre.

Sin que ella lo reconociera, tenía vergüenza: no de la gente, no del pueblo, sino de su padre. No quería dañarlo ni hacerlo sufrir, y sabía que, si declaraba su amor por Juan, a él se le rompería el corazón.

—¡A tu pieza, hija! ¿Cómo es eso de andar en toalla por la casa? —soltó un poco más relajado, pero sin dejar de apretar la mandíbula en un claro esfuerzo por controlarse.

—No lo escuche, papá; él me tiene mala, no por qué —suplicó la muchacha, preparándose para subir a su habitación.

—¡A su pieza, dije! —retumbó el rugido del leñador. Felipe le hablaba al oído como si fuera un pajarito; no paraba de hablar, y la mujer de llorar. El hombre grande se sentó a la mesa, escuchando con la mirada perdida.

Cristina subió a su habitación y se lanzó a la cama a llorar. Pensaba en qué pasaría con Juan, cómo afectaría a su padre esta noticia. ¿Qué haría? ¿Dejar a Juan o reconocer el amor pese a la adversidad? La idea de dejar a su familia no le gustaba, pero ver una vida en el bosque con Juan tampoco le incomodaba. Su cabeza daba vueltas y vueltas. Un poco más calmada, se sentó en la cama.

El sonido de las puertas de la camioneta la exaltó. Miró por la ventana y vio a su padre y madre salir en el vehículo a toda velocidad. El sonido de la máquina parecía demostrar que también estaba enojada; parecía que todo el mundo estaba enojado con ella, todos menos Juan. Al voltear, dio un salto de sorpresa cuando vio a Felipe parado en el umbral de la puerta.

—Van a la universidad, van a preguntar por sus notas y su asistencia —reveló el joven con una mirada extraña, de satisfacción y gozo en el sufrimiento de la niña.

—¡Oye, desgraciado! ¿Qué te importa a ti? ¿Por qué te metes en mis cosas? —preguntó una vez más y se acercó a él para manotearlo en una actitud claramente fuera de sus cabales. Felipe le sostuvo la mano firmemente, y ella, al percatarse de la fuerza, se arrepintió de inmediato al entrar en razón: estaban solos.

—¿Por qué con ese viejo? ¿Qué tiene? ¿Acaso te lo hace rico? —preguntó con la maldad en los ojos. Su postura cambió y, de forma amenazadora, comenzó a caminar lentamente. Cristina retrocedía, agarrada de la mano y sosteniendo la toalla con fuerza.

—¡Hueón, somos primos! ¿Qué te pasa? —gritó llorando. El joven, con la mirada hipnotizada en la piel de Cristina, apagó la luz de un golpe seco. El chasquido resonó en los músculos abdominales de la joven como una descarga eléctrica, y la oscuridad la envolvió al instante, densa asfixiante: un preludio mudo al horror. La luz tenue del alumbrado de la calle tejía formas danzantes en la juvenil habitación, mientras el desquiciado primo menor la arrastraba en forma decidida y violenta con dirección a la cama. Ella trataba de soltarse de la mano, pero no podía, y con el fin de dar pelea, soltó la toalla que cayó al suelo, dejando al descubierto su cuerpo completamente desnudo. Felipe quedó con la boca abierta al ver los atributos de Cristina. Ella, con la mano libre, comenzó a golpearlo, pero no le hacía daño alguno.

El joven, poseído por la maldad, la forzó y la dejó caer en la cama con violencia, se lanzó sobre ella y comenzó a besarla desordenadamente. Cristina, al verse en una pesadilla, trataba de zafarse, de pelear, pero era imposible. El perfume del infame atacante entraba en las fosas nasales de la chica, perturbando la mente y creando traumas. La diferencia de estatura y físico era inalcanzable, y poco podía defenderse. Felipe manoseaba sus carnes de una forma tan diferente a Juan: sin tino, sin medir fuerzas, sin delicadeza. Besaba succionaba su piel en distintos lugares de forma violenta y desproporcionada, como quien tiene la intención de hacer daño. Cristina, entendiendo su situación y sintiendo el dolor físico y mental, buscó una salida inteligente y, mientras llamaba con la mente a su enamorado, trató de cooperar para evitar así golpes o la muerte.

—Espera, espera… está bien, hagámoslo, pero calma… Deja acomodarme mejor en la cama —susurró. Ese susurro fue como un brebaje de calma para Felipe, quien, con los ojos brillosos, respondió con obediencia absoluta. Se alejó un poco, y ella se acomodó para quedar con la cabeza en la almohada, cerca del velador como ella quería: ahí estaba el celular.

—¿Está lista? Si se lo da al viejo ese, tiene que dármelo a mí —sentenció con la voz entrecortada, con la respiración corta y agitada, sin dejar de mirar las partes púbicas de la muchacha.

Ella se acomodó y entregó su fruto; le incitó a que él la besara en las partes bajas y así tener libre acceso al celular. Felipe tomó la invitación como una instrucción y se entregó al placer que le provocaba el fruto prohibido. Cristina, aguantando el incómodo mareo y el dolor en la boca del estómago, evitaba demostrar las náuseas; una electricidad y frío en la espalda la hacían despertar de la pesadilla y saberse en un abuso brutal. Llorando por dentro, fingía interés y excitación. En cada embate o manoseo brutal del joven, ella avanzaba hacia el teléfono, hasta que finalmente lo alcanzó.

—¡Juan, mi amor, ayúdame, en mi casa! —gritó ella desesperadamente. El grito sacó de golpe a Felipe de su frenesí, con los ojos muy abiertos se levantó y trató de quitarle el teléfono. Ella, alejándose y gritando, se arrastró por la cama y lanzó el teléfono a la calle. Felipe se levantó y saltó a la ventana para evitar que cayera. Ella trató de escapar, pero fue detenida por los cabellos. El atacante la trajo hacia él y, con un tono lleno de ira, de odio y envidia, le susurró como si fuera una inyección de veneno lento y doloroso de una serpiente.

—Ahora tendré que matarla.

El pulso de Cristina se elevó; la proximidad a la muerte le dio fuerzas para soltar su más escondido secreto.

—¡Estoy embarazada! ¡Estoy embarazada! —dijo en tono de súplica, de piedad y perdón. Felipe dio un paso atrás como aturdido, como quien despierta de un terrible sueño. Ella, al notar el cambio en él, giró para mirarlo a los ojos y, llorando, siguió con la súplica.

—¡Por favor, tengo tres meses! ¡Por favor!

Felipe endureció la mirada, lanzó un grito de ira y le dio un golpe en la cara que la lanzó de espaldas a la cama. El enfurecido muchacho comenzó a sacar su cinturón y a bajarse los pantalones. Cristina lo escuchaba. Podía imaginar la aberración que pasaba por la mente de su primo y, por eso, no quería voltear a mirarlo. El dolor del golpe la tenía mareada; un pito sonaba en su mente y un dolor en su corazón la hacía sollozar. Era casi increíble que su primo, con quien se crió de pequeña, estuviera haciendo este tipo de daño. La sensación de vulnerabilidad, al verse sola y con el cuerpo cansado, golpeado y semiaturdida, fue invadida por una pena que le recogió el corazón. Con el atacante detrás de ella y preparando el acto final, el sufrimiento era inminente; el horror se haría realidad: no sería rápido y, a su pesar, no había nadie para salvarla. Rogó y clamó por ayuda, mentalmente llamó a Juan varias veces, concentrada y llorando. La tristeza la inundó cuando entendió que Juan no podría llegar. La llamada era un faro de esperanza, pero la distancia no podría recorrerla tan rápido. Contrajo sus músculos y apretó los dientes cuando sintió el cuerpo caliente de Felipe próximo a ella. Pensó en cómo sería el día siguiente, cómo vería a los ojos a Felipe y lo que más le complicaba, cómo seguiría la relación con Juan. Tratando de pensar en otra cosa y evitar el calvario próximo, sintió el jadeo rápido y el sonido gutural de Felipe, estaba listo para el ataque, pero antes que sus cuerpos entraran en contacto, desde la calle se escuchó un grito atronador.

—¡Si no sales ahora, entraré yo! —El corazón de Cristina estalló en júbilo y esperanza. Felipe retrocedió y, como un animal asustado, como un ladrón descubierto, comenzó a vestirse. Su cara había cambiado: irradiaba odio, respiraba agitado con los dientes apretados y la saliva saltaba de su boca. Sus ojos eran aterradores: estaban poseídos por un tono negro con tintes rojizos, como quien está embrujado.

Felipe levantó a Cristina y le dio otro golpe que la dejó semiinconsciente, tirada, golpeada y desnuda en el piso de su habitación. Desde el suelo solo pudo ver los pasos de Felipe que corría a la afrenta.

Mareada y aturdida, se arrastró hacia la ventana; como pudo, se asomó y vio a Juan y Felipe pelear a puños. Felipe, casi el doble del tamaño y contextura que Juan, no lograba atinarle ningún golpe, y Juan, hábil y rápido, tenía en problemas al espigado joven.

Cristina comenzó a buscar ropa para bajar. Debía detener la pelea y llamar a Carabineros. A tientas, buscó algún vestido; no podía dejar de mirar cómo Juan golpeaba a Felipe. En un momento, Felipe logró asestar un golpe: fuerte y rotundo. Cristina dio un salto y soltó un grito. El golpe en la cara fue devastador, pero a Juan no pareció hacerle el más mínimo daño. La joven, más confiada y alegre, orgullosa de su varonil y poderoso hombre, se movió para buscar ropa. Corrió al clóset y sacó el primer vestido que encontró. Se lo estaba calzando sin preocuparse siquiera de ropa interior cuando escuchó un balazo: seco, seguido por otro y otro. Cada balazo congeló el corazón de la niña, quien, desesperada, bajó las escaleras y salió a la calle con el torso desnudo, con el vestido a medio calzar.

Al llegar a la calle, sus miedos tuvieron una confirmación visual. Felipe reía con una sonrisa demoníaca, desencajada, mostrando todos los dientes y con los ojos desorbitados. En sus manos, un arma de fuego. Juan, de pie, la miró sonriente, con sus ojos llenos de amor, infundiéndole calma. Ella le devolvió la sonrisa, pero al instante se percató de que su pecho se teñía de un rojo intenso. Invadida por un peso sobrenatural que le golpeó los hombros, cayó de rodillas. Felipe la observó, extasiado de venganza y maldad, agitado y sobreexcitado, y le apuntó directo a la cabeza.

La súplica de Cristina fue escuchada. Su padre —quien había cancelado el viaje— irrumpió en la escena como un héroe de película, abalanzándose sobre Felipe. Lucharon unos segundos, hasta que el poseído sobrino le disparó en el brazo, dejando fuera de combate al gran hombre. Inundado de una sed insaciable de violencia y crimen, Felipe volvió a mirar a Cristina. Ella vio su vida desfilar ante sus ojos, pensó en su pequeño retoño, en el hijo que venía en camino, y entregada a su suerte, una lágrima rodó por su mejilla.

Felipe dudó; un parpadeo fue suficiente. Juan, como un resorte liberado de su agonía, se impulsó. No fue un salto, fue una ascensión fugaz; sus pies, convertidos en martillos de carne y hueso, encontraron la sien de Felipe con una fuerza brutal, estampándolo contra el asfalto como un muñeco roto.

La imagen fue terrible: Felipe yacía en el suelo, de espaldas, con la cara ensangrentada, la boca abierta, los ojos cerrados y la nariz quebrada.

Juan de pie y victorioso, miraba a su enamorada con ternura y dolor. La oscura noche, iluminada por la luz de la calle, reflejó un hermoso destello en el rostro del vencedor. Ella, inmóvil y destrozada, creyó escuchar dentro de su cabeza:

—Te amaré por siempre —Y Juan cayó muerto en la calle, a las afueras de su domicilio.

Luego de seis meses, Cristina estaba dando a luz, llorando de dolor y pena por la tragedia y la pérdida del amor de su vida; no había parado de llorar en todo este tiempo. Ni la conmoción cerebral de Felipe, que lo dejó parapléjico, ni la llegada de este bebé eran bálsamo al dolor.

En la sala de emergencias, los doctores quedaron atónitos. Cristina, al escuchar el chillido agudo de su bebé, se iluminó y un amor eterno crecía en su corazón, junto con una alegría calurosa. En la sala de espera, una magia inundó a los padres —ahora abuelos— y se abrazaron dichosos. El cirujano miró con pavor al anestesista cuando, de entre el interior de Cristina, un pequeño ser color verde oscuro, con larga barba negra, dos cuernos coronando una cabeza de frondosa cabellera negra como hilos de higuera y piel arrugada como si se tratara de un anciano, lloraba con un chillido atronador en la sala de partos a las tres y treinta y tres de la madrugada.