El Diablo del cerro «La Virgen»
Cuento que pertenece al libro «El antiguo murmullo»
5/7/202611 min leer
Nicolás, a regañadientes, llevaba a su abuelo Octavio a la fonda «Bajos de Mena». La billetera de su padre, más que la voz, dictó la aceptación de Nicolás para realizar este, según él, tedioso trabajo.
Octavio, de ochenta y cinco años, era un viejo amable, conversador y entusiasta. Desde que enviudó, vivía solo en Bajos de Mena, en la comuna de Puente Alto. Un sector que nadie visitaba.
Nicolás, su único nieto, rara vez pasaba tiempo con el anciano. Había que obligarlo o, directamente, pagarle para que lo llevara al doctor, a la pensión o al supermercado. Nicolás, apático, desconectado social y tecnodependiente, como todo joven recién egresado de la escuela, rezongaba cada vez que debía salir con su abuelo. Le molestaba la conversación, las historias y, sobre todo, los chistes aburridos y sin sentido del anciano.
Oculto en su corazón, latía un amor incondicional por el abuelo. Un afecto que no comprendía ni tampoco demostraba, pero que, a pesar de todo, estaba ahí. Aun así, muchos susurraban que era puro interés, pues Nicolás, al ser el único nieto, siempre fue apodado «El Heredero» por su abuelo.
—¡Ya, Tata, llegamos! —gritó Nicolás a la oreja larga y arrugada del encorvado octogenario. Lo ayudó a bajar del auto y cerró la puerta con una fuerza que resonó en el silencio. Luego, mientras el abuelo se estabilizaba, Nicolás observó el estacionamiento improvisado: carente de asfalto y que parecía ser parte de un antiguo parque o algún terreno baldío a los pies del cerro. Buscaba posibles peligros para el tambaleante acompañante.
—¡No me grites, niño! Aún no estoy sordo —respondió jocoso el abuelo, tratando de mirar hacia arriba. Ya encorvado, estaba muy por debajo del metro ochenta de Nicolás, quien era bendecido por la juventud. Octavio lo miró y una envidia que quiso llamar amorosa invadió su corazón.
—Vamos con cuidado, Tata, directo a la fonda, ¿o quiere pasar por la feria? —pregunta Nicolás desganado, rogando al cielo que la respuesta sea: «directo a la fonda».
—¡Directo a la fonda! No tengo plata, así que tendrás que invitarme las empanadas —respondió el viejo con cara de pícaro.
—¡Seguro! —lanzó una risa irónica.
Aunque detestaba las salidas con el abuelo, debía reconocer que en cada una de ellas el anciano invitaba y soltaba mucho dinero; una ventaja que Nicolás no desaprovechaba. Con ese pensamiento en mente, caminaron lento pero seguro hasta salir del improvisado estacionamiento. Luego, sortearon el paso obligado por la feria artesanal del parque, cruzaron hacia el Cerro la Virgen y, al divisar la pendiente, Nicolás solicitó una silla de ruedas. El personal municipal la facilitó con mucha amabilidad y subieron la pequeña pendiente hasta la explanada del cerro, debajo de la gruta de la virgen que, desde el escenario principal, lograba divisarse.
Al llegar a la mesa, Nicolás llamó a la mesera, quien rápidamente tomó la orden: dos empanadas, un anticucho, papas fritas, una Coca-Cola y una copa de vino. Octavio, con sus pocos dientes, solo mordisqueó la empanada, pero el vino lo disfrutaba.
—Vaya con cuidado con el vino, Tata —advierte de forma paternal el joven, sentado al lado de su abuelo, mirando hacia el escenario.
—El vino no me hace nada, mijo, una vez tomé tres días seguidos. En esa fiesta peleé a puño. ¡Les gané a todos! Y su abuela se fijó en mí. Así que, ¡salud! ¡Le agradezco al vino y a estos puños! —dijo el viejo, besando sus nudillos y bebiendo un trago corto de vino. Nicolás esbozó una sonrisa, aunque lo negara, estaba preparado para las largas historias y conversaciones fantásticas de su abuelo.
—Si, seguro, vaya con cuidado nomás, no se lo vaya a llevar mi abuela copeteado más encima —vuelve a advertir el joven.
—Cuando me muera me voy a morir nomás y, espero, copeteado —dice, entonando la última frase como si fuera el estribillo de una canción; levantó el vaso a la altura de sus añosos y grises ojos, otrora azules, y dibujando una sonrisa en su arrugado rostro, comenzó a cantar la canción que empezaba a sonar.
Las cuecas irrumpieron en el escenario, un grupo folclórico invitaba al concurso anual de baile típico nacional, varias parejas saltaron al desafío y comenzó la competencia.
Nicolás, ya aburrido, extrajo su celular. Se fotografió varias veces, incluso se hizo una selfie con su abuelo, posando sonriente y animado, aunque por dentro moría de aburrimiento. Después de fingir interés en varias tomas, encorvó la espalda, agachó la cabeza y se enfrascó por completo en su teléfono.
—Deja esa cuestión, pasas todo el día metido en eso —invita Octavio, chocando su vaso con el del joven que, casi lleno, estaba en la mesa.
—¡Ay!, Tata, ¡estoy subiendo una historia! —gritó molesto al ser interrumpido.
—¿Cómo es eso de subir una historia? Yo le cuento una, mejor: ¿se sabe la historia del Cristo negro? —inquirió, bajando la voz, con la intención de que su relato resultara aún más misterioso.
—¡Ya, Tata! No me venga con sus historias mentirosas, ¡no ve que después me da miedo! —replicó, con un tono poco varonil. Las innumerables historias que escuchó de niño causaron un trauma profundo en el joven. Su personalidad apagada y temerosa respondía, en gran medida, a las historias que su abuelo quiso transmitirle. Ahora, frente a un nuevo relato, Nicolás intentaba defenderse de ese legado.
—¿Miedo? Miedo va a sentir el día que me muera —lanza la advertencia y estalla en una risa gastada y burlesca. La risa molesta de Octavio, que irritó a Nicolás, fue absorbida por los aplausos de la gente. El primer baile había terminado y los jueces elegían a sus eliminados.
Nicolás, al ver la cantidad de bailarines, supo que esta competencia sería extenuante y aburridamente larga.
—El Cristo negro lo pusieron para proteger a la gente del Diablo —partió relatando el narrador, sin que nadie le pidiera y aprovechando el silencio de los músicos. Nicolás se acomodó y se cruzó de brazos, no quería poner interés en el relato, pero sus miedos y traumas lo hacían escuchar atentamente —. Dicen que el dueño del fundo, Ramón Subercaseaux, le pidió lo ayudara a hacer el puente de la sirena, pero cuando lo terminó, se arrepintió del pacto. Nadie puede arrepentirse del pacto —advirtió como dando una lección.
—Tata, esas cosas son mentira ¿Cómo el Diablo va a hacer tratos con los hombres? —replicó molesto el joven, esforzándose por ocultar sus miedos y disfrazarlos de indiferencia.
—¡Sí existen, mijo! —respondió el viejo con convicción—. El cochero vio cómo el mismísimo se llevaba a don Ramón. Por eso hicieron el Cristo ahí, justo en ese lugar —remató entusiasmado, justo al tiempo que otra cueca sonaba y una pareja de eliminados bajaba triste del escenario. Octavio aplaudió la cueca y disfrutó ver a los bailarines. Nicolás, inquieto y aburrido, buscó refugio en su celular y, para su pesar, la señal era pésima y no pudo navegar por los mares de su soledad.
Agobiado por la historia de su abuelo y cansado de ser siempre blanco de burlas y sustos, buscó temple dentro de su corazón; quería terminar con este ciclo de abuso disfrazado de juego y «cultura». Haciéndose el valiente y lleno de una adrenalina que, en vez de potenciar sus músculos, quebró su voz y llenó de lágrimas sus ojos, le gritó al viejo:
—¡Puras mentiras suyas esas del diablo! Ya no me cuente más —al terminar la frase, sintió un alivio potente. Octavio parecía que no escuchaba, estaba pendiente del baile y de la música, alegre y ya bajo los encantos del buen vino servido en la mesa. Al terminar la cueca y mientras los jueces buscaban a otra pareja para ser eliminada, Octavio giró su cuerpo y, mirando directo a Nicolás, le dijo misteriosamente:
—Y si no existe, ¿qué le pasó a Juan Estay? —la interrogante dejó perplejo a Nicolás, no tenía idea de esa historia y tampoco quería saberla. —Don Juan fue una persona respetable, lleno de hospitalidad y hasta fue alcalde. Pero él y su familia fueron malditos y terribles enfermedades se han llevado a sus miembros. Todo por jugar con el cola de flecha —le dice guiñándole un ojo.
—Oiga usted está sordo, parece, ah? No le creo esas historias, así que mejor no pierda tiempo y vea la competencia nomás —responde empoderado y orgulloso, dejando atrás el trauma y de sentir un pavor con cada cuento del abuelo. Recordó en su infancia estar sentado toda la mañana escuchando historias de miedo. De la Quintrala, del hospital San José y tantas historias quizás inventadas por su abuelo.
Octavio notó el cambio de actitud y los ojos vidriosos de Nicolás, nunca lo había visto así, conectado con el mundo y lejos de su aparato móvil. Palpando el miedo y la adrenalina que brotaban del joven, trató de ayudarlo de la mejor forma que un anciano puede hacer, contando historias, traspasando el conocimiento y educando, preparando para la vida y el más allá.
—Nadie se escapa del pacto —retoma el tono misterioso, aprovechando otra pausa de los cantantes, ya quedaban menos parejas y los agotados jóvenes bailarines estaban dando su más grande esfuerzo.
—Tata ¡No me interesa! —gritó grosero. Tan fuerte e imponente fue su negativa que personas de otras mesas lo miraron con rudeza. Nicolás notó la efusividad de su acto y vio cómo Octavio, triste y humillado, volvió la mirada hacia los bailarines.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos mientras tres o cuatro cuecas transcurrían. Octavio, por su parte, aplaudía y se reía abiertamente de los jóvenes bailarines que, cada vez más osados, arriesgaban pasos audaces para ganar el primer lugar. Nicolás, arrepentido de la falta de respeto, trató de entablar conversación, pero Octavio no le prestó atención. Al igual que casi todos los presentes, estaba interesado en el concurso de baile. Hace más de una hora que dos jóvenes competían a muerte, sus parejas, unas bellas niñas, se habían retirado exhaustas. Ahora los bailarines competían solo uno contra otro, haciendo pasos aeróbicos y efusivos al son de los rítmicos tonos de la música tradicional chilena.
Le bailaban a la bandera y a la Virgen. Los jueces no llegaban a decisión, repitiendo una y otra vez la competencia. El animador pedía aplausos por uno y por otro, pero el empate era claro. Uno de los jóvenes, el más altanero y rabioso, no aceptó el empate; esto debería terminar bailando.
Todos los asistentes, menos Nicolás, estaban alborotados y sobreexcitados con los pasos de ambos jóvenes que, bañados en sudor seguían la batalla. Mientras estos danzantes guerreros se batían a duelo, Nicolás, arrepentido y dolido por el silencio de su abuelo, trató de enmendarlo.
—Pucha que han bailado, ¿ah? —dice tratando de entablar una conversación. Octavio, alegre y alcoholizado, recordó que estaba acompañado y tomó del brazo a su nieto, bajó su temblorosa voz y le hizo el gesto que acercara su oreja.
—Mijo, mire, ese joven, el de mirada fría y sonrisa pedante… ese es el Diablo, mijo, mírelo, está aquí frente a nosotros, cerquita —dice emocionado, como un niño que ve a una celebridad, tímido, asustado y conteniendo una alegría blasfema.
Nicolás se ruborizó de rabia, su abuelo seguía con las ideas del diablo y sus historias fantásticas. Mascando su rabia, trató de no ser duro con él. El anciano lo tenía tomado del brazo, asustado y maravillado a la vez, mientras los jóvenes bailaban y dejaban la vida en el escenario.
— ¡Ay, Tata! Dale con la cuestión —rezonga con una falsa alegría Nicolás.
—¿No me cree? Mire que aquí hace años, en este cerro, bailaba el Diablo. En la cima salía a bailar todas las noches y llegaba a sacar chispas en los zapateos —comienza el relato con su voz gastada que parecía desvanecerse en cada grito del público que, alborotado, seguía la competencia—. Las personas del pueblo no podían salir de noche cuando el cola de flecha bailaba, dicen que morían si los pillaba afuera y por eso, mijo, por eso pusieron la virgencita ahí —dice apuntando al cerro donde se lograba ver la gruta de la Virgen—. Ella es la protectora y ahora, ahora mismo, el diablo le está bailando aquí abajo —remata asombrado, tomándose la boca con la mano en señal de emoción.
—Ya, Tata, puras leseras, nomás —suelta Nicolás, visiblemente asustado. La enseñanza, que fue casi un adoctrinamiento, le hacía creer firmemente en lo que el abuelo le contaba. Luchando contra su voluntad, Nicolás fijó la mirada en aquel bailarín. Y allí lo vio: sus pies, en cada zapateo, ¡lanzaban chispas! Sacudió la cabeza, intentando disipar la magia que nublaba sus ojos, pero la imagen persistía. El muchacho, de figura perfecta y movimientos frenéticos, sonreía con descaro y hacía gestos a la Virgen, quien, desde su gruta, parecía observarlo con una mirada indescifrable.
—¡Ah! ¿No me cree?, mire usted —dijo enojado el viejo, y se levantó con mucha dificultad de la silla, se apoyó en la mesa y sacó un grito que resonó por sobre la misma música y los aplausos rítmicos de los asistentes:
—¡Virgen Santísima! ¡Qué bien bailan estos huasos! —gritó como un león, con la energía de un adolescente, y se sintió el poder del mismísimo ángel Gabriel en su tono.
Fue tan fuerte el grito, que el joven bailarín dio un salto. Como quien ve un ánima y, tropezando sus pasos, cayó al suelo. Los sangrientos dedos de los guitarristas agradecieron la intervención y detuvieron la música de golpe. Desde el suelo, el asombrado bailarín, mirando directamente a Octavio, con ira y maldad, con rabia y tristeza, respondió el grito de la misma forma, atronador y doliente.
—¡Viejo de mierda! —soltó y, al levantarse, bajó del escenario y se perdió en la multitud. El otro bailarín daba saltos de alegría por haber ganado la disputa. El ganador festejaba bañándose en los aplausos y gritos frenéticos de los asistentes.
La vergüenza, el miedo y la cruda exposición treparon por las piernas de Nicolás, mientras su abuelo, ajeno a su tormento, le gritaba y festejaba desaforadamente: —¡Se lo dije! ¡Se lo dije! ¡Era el mismísimo! —gritaba, riendo y celebrando como un niño pequeño.
Terminado el concurso, las personas se dispersaron y los cantantes tomaron un merecido descanso. Nicolás estaba preocupado por lo efusivo del momento y pensó en la salud de su abuelo. Nunca lo había escuchado gritar así y temía por su corazón.
—¿Vamos, Tata? Antes que caiga la noche, mire que el Diablo está enojado con usted —dijo en tono de amenaza y siguiendo el juego, tratando de enmendar su falta de respeto y hacer las paces.
—Si, mijo, mejor —respondió Octavio, aún con la adrenalina saliendo por sus lánguidos poros.
Dejaron la fonda con otra actitud, Nicolás comprendió que las historias de su abuelo le llenaban el alma y lo tenían con vida. Comprendió que las historias que le contaba eran una forma de cariño y, mientras subía al cansado acompañante al asiento, quien seguía contento y repitiendo su hazaña, dejó atrás su trauma.
El sentimiento de felicidad se consumió cuando, dos autos más allá, lateral a ellos, vio al joven bailarín humillado por su abuelo. Estaba sentado en el asiento del conductor de su auto rojo, dándole golpes al manubrio, enojado, iracundo y con el rostro desfigurado por la rabia. Logró ver todos sus blancos dientes y sus ojos amenazantes y desorbitados.
—Cállese, Tata, ahí está el joven que molestó —advierte al anciano que no dejaba de repetir la historia. Sintió una amenaza, pensó en que el joven enojado viniera a cobrar represalia y que armara un altercado estúpido. Se subió rápido al auto, arrancó el motor y, antes de dar la marcha atrás, lanzó la última mirada al muchacho.
El joven lo miraba fijamente, con el rostro serio y sin expresión. Sus ojos parecían lanzar chispas y el terror invadió a Nicolás, lentamente notó cómo un dedo se posaba frente a la boca del bailarín, invitándolo a callar. El asombro de Nicolás mutó en pavor. El dedo que ahora lo señalaba era desproporcionadamente largo, oscuro y culminaba en una gran garra amenazadora. Su corazón le martilleaba en el pecho mientras intentaba, torpemente, meter la marcha atrás. En medio de esta lucha contra la caja de cambios, una voz ronca, seca y escalofriante se anidó en lo más profundo de su mente y le soltó una lección. El susurro le heló la sangre al declarar las palabras: «Más sabe el Diablo por viejo…»