El Compás

1er lugar Concurso Internacional de Cuentos, Factor Literario.

Valentín Gajardo Ríos

6/9/202611 min leer

A eso del mediodía de aquel jueves, Miguel Asencio mantenía la vista fija sobre la vidriera de la ferretería. El escaparate le mostraba una gran variedad de herramientas y utensilios de carpintería que destacaban por los colores de sus respectivas marcas que él, de hecho, muy bien conocía. Goloso como un niño frente a la heladería, repasaba una y otra vez cada artículo y hacía cuentas en su mente. La fuerza de la costumbre le provocaba una sensación de ansiedad, poco más o menos como una adicción.

Metió la mano en uno de sus bolsillos y hurgó con sus dedos al interior de este, solo para asegurarse de que su último billete estaba allí como un postrero retazo de su patrimonio, no obstante, la tentación vencía sobre su sensatez y tenía en cuenta que aquel era, sin duda, el pasaje de regreso hasta su pueblo. Desde allá, distante 200 km, había partido aquella mañana en busca de trabajo a la gran ciudad regional. Era el rumbo que, como otros muchos, tomó después que el efecto pospandemia hiciera quebrar su pequeña empresa. Esto se agravó con el despliegue de una alta inflación, efecto económico que encumbró los costos de producción, haciendo inviable la fabricación de muebles, que era la especialidad de su PYME. ¡Cómo cambió la situación de un momento a otro y los índices de desempleo superaron los dos dígitos, así explicaban los economistas más entendidos…!

La gravosa situación le llevó a desplazarse también en busca de algún trabajo que correspondiera a su oficio. Tal vez en las ciudades principales las fábricas más poderosas, con más espaldas, soportaran aún la grave crisis y, aunque estaba consciente de que la oferta de mano de obra era muy nutrida, perseveraba en salir adelante. Así logró formarse desde su emprendimiento, ahora, como valor agregado, él contaba con su experiencia, su ánimo no decaería.

—Toda mala racha de un momento a otro pasa y después es solo un mal recuerdo —se dijo a sí mismo en un lapsus de reflexión. Era un predicamento que le reafirmó cuando debió salvar unos cuantos obstáculos, pues su ascenso había sido lento, muy por el contrario de su declive.

Ahora estaba allí observando aquellas herramientas y en ese divagar, como aquel vagabundo hambriento que descubrió en su juventud, cuando de paseo por las veredas de la ciudad lo encontró frente a la vitrina del restaurante ese en donde, en una gran fuente, ostentosamente se ofrecía, entre otros aparejos, de cuerpo completo una lengua de vacuno en toda su expresión, cocida y sazonada, despertando así, con esa apariencia, instintivamente el apetito. Recordó el brutal acto, pues él igualmente sentía hambre, en aquel entonces y ahora también…

Se despabiló de sus recuerdos y, desobedeciendo a la razón, ingresó en la ferretería. Salió al poco rato portando en sus manos una pequeña herramienta. No más que para un compás de carpintero le había alcanzado el billete, pero estaba feliz y la pieza esta le infundió magnéticamente una cuota de energía, pues su ánimo parecía renovado, aún no había perdido el afán de comprar cuanto utensilio creyera práctico para su taller. Echó a andar sin rumbo por las veredas de la ciudad, como si solo él transitara. Así observaba que afuera de algunas manufactureras se aglomeraban los trabajadores a la espera de ser contratados; en otras con portones metálicos se exhibían letreros con la nomenclatura de <NO HAY VACANTES>. Deambuló inconscientemente por distintos barrios residenciales destacados por sus casas de alta plusvalía, en donde encontró niños que jugaban con gran entusiasmo en sus verdes antejardines, ajenos a la realidad del momento y eso le llevó a recordar también a los suyos cuando pequeños. Se detuvo en una singular placita para descansar unos minutos y abundarse con el sol y el aire del mediodía. Se sentó en un escaño y se relajó. Desde lejos, junto al bullicio y gritos de los infantes, comenzó a escuchar también el monótono replicar que reconoció como de las hélices de unos helicópteros. Efectivamente, desde el norte viajando sobre los techos, en el transparente día, venían dos naves de esas, atornillando sus aspas al aire, desplazándose al unísono y en paralelo. Levantó la cabeza y fijó su vista. Algunos residentes salieron de sus respectivas casas para observar también las maniobras de los aparatos voladores. De ambas máquinas se desprendían sendas piolas de acero en cuyo extremo inferior colgaban una inmensa estructura. Todas las curiosas cabezas, incluida la de Miguel Asencio, inclinadas al cielo, descubrieron con sorpresa que el artefacto que transportaban dichas naves de diestros pilotos era y no otra cosa que la gigantografía en 3D de un taladro eléctrico reconocido mundialmente. El color gris de su carcasa contrastaba con el azul del cielo y sobre ellas, como en relieve, las letras que formaban el nombre de la marca, como es propio. La fascinación de Miguel llegó a su clímax cuando sobrevolaron por encima de ellos, instantes en que el aire se agitó y el ruido les ensordeció. En realidad, la escena era similar a la adoración de un dios mitológico, pues todos siguieron con la vista la trayectoria de los helicópteros. Después, cuando ya hubieron pasado y el ruido se diluyó, los curiosos se miraron unos a otros y comentaron entre ellos.

—¿Adónde se dirigirán…? —preguntó Miguel al más cercano de todos estos, y él le respondió.

—Parece que van al barrio industrial. Ahí se está instalando la empresa importadora. Si no conoce, siga el rumbo de los helicópteros.

Y así Miguel, con sobreactuación y liviano, siguió a paso veloz, casi al trote, la trayectoria de las naves que iban dejando una estela de ruido con su aleteo de aves mayúsculas.

A medida que se alejaba del barrio residencial, fue tomando vista de los grandes galpones que suponía formaban el complejo industrial. Cada bodega de inmensas proporciones, sólidas y bien diseñadas, con buenas terminaciones, reparó él; tal como lo soñó un día para su propio taller, instalaciones que nunca logró poseer. Destacaban las imágenes corporativas y los colores de las distintas marcas de reconocido prestigio internacional. Con su andar también había retornado el ruido de los helicópteros, distinguiéndolos claramente cómo maniobraban para posarse en el aire. Disminuyó su tranco a medida que se acercaba al centro de las operaciones.

Se detuvo en el enrejado perimetral de una inmensa bodega y distinguió desde lejos que, en su pared frontal, se diferenciaba, entre imágenes de distintas herramientas eléctricas de su marca registrada, una especie de bandera que flameaba al viento, pintado con llamativos colores, también exhibía un slogan muy particular, así rezaba: «Con nuestras herramientas pondremos de pie a este país…». Era una apología a su marca y un llamado a la reconstrucción de una economía que había entrado en decadencia.

Efectivamente, en el amplio antepatio con diseño de paisajismo y mucho prado verde, una cuadrilla de trabajadores vestidos con overoles de igual tono al de la carcasa de las herramientas, maniobraban un camión pluma, a su vez movían otras máquinas y utensilios para situar en un punto específico la gigantografía del taladro, herramienta que se descolgaba de los dos helicópteros, manteniendo tensas en el aire las piolas de acero que la sostenían para que esta no cayera de lleno al suelo, así, los obreros pudieran depositarla en la base de un radier de concreto, en donde se suponía tendría que ser anclada por unos macizos pernos de gruesos y enroscados hilos. Gran congestión existía entre los obreros, algunos esperaban las órdenes de su capataz, quien con radio en mano se comunicaba con los pilotos de ambas naves que zumbaban permanentemente. Muchos entrometidos habían llegado también hasta la reja perimetral para presenciar desde ese palco el operativo y los operarios propiamente tal, se sentían como en un escenario a la vista de aquel improvisado público entre los que se contaba a Miguel Asencio, quien curioso también, parecía incorporarse a las operaciones, pues instintivamente, forcejeaba en vacío como si formara parte del equipo de trabajadores y se anticipaba a la acción. En la medida que fueron avanzando los trabajos, la gigantografía del taladro fue depositada sobre la losa de concreto y mientras los obreros, con sendas llaves procedían a atornillar las tuercas a los pernos de anclaje, los cabos que se descolgaban de ambos helicópteros, fueron quedando flojas y una de ellas formó una especie de circulo al enrollarse por su propio peso. Miguel precavía algo en su mente, su experiencia se anticipaba a los hechos; y justamente, tal como lo supuso, en el momento preciso en que un obrero dio un mal paso y fue a posar su pie en el centro de la circunferencia metálica, la nave que sostenía la piola desde arriba hizo un intento de encumbrarse, toda vez que para el piloto, en un intrincado ángulo del helicóptero se le producía un punto de visión ciego, la cuerda como si fuese la trampa de un cazador, atrapó por el tobillo al obrero, quien, desapercibido por el resto de sus compañeros, perdió absolutamente la estabilidad y cayó de bruces. Instintivamente y de inmediato, sin pensarlo una sola vez, Miguel corrió a grandes zancadas por el borde de la reja hasta encontrar la puerta de acceso que se hallaba, afortunadamente, sin llave e ingresó al sitio del suceso. Intempestivamente, mientras corría acercándose hasta el obrero en peligro, gritaba y alzaba los brazos en señal de detener la maniobra, lo que fue percibido por el piloto, quien en el acto contuvo la máquina para comprobar las señales de advertencia que Miguel le hacía y así este logró llegar hasta el trabajador que permanecía atrapado y pudo, con la ayuda de otros, liberarlo de la mortal trampa.

Tras el incidente, vino un momento de relajo, como después de la tormenta y uno de los capataces a cargo dio finalmente la orden de elevarse a los helicópteros, cesando el ruido y abundó el silencio. Miguel Asencio permaneció junto al obrero siniestrado y los otros vinieron a acompañarle. Todos agradecieron su oportuna intervención, hubo cruce de manos y un aplauso generalizado. Posteriormente, se llevaron al accidentado para atención médica y Miguel seguía entre la cuadrilla de trabajadores a petición del capataz, misma jefatura que, tras una breve comunicación telefónica, informaba a la gerencia de lo ocurrido. Le solicitó que le siguiera y Miguel siguió la orden como si se tratara de su propio jefe.

El capataz y Miguel a su lado ingresaron a las dependencias. Bajo ellas pudo comprobar el gran espacio de esas instalaciones, llenas de estanterías con cajas de herramientas eléctricas manuales, y máquinas de piso destinadas a la venta, había también cargadores frontales que circulaban al interior. Se ciñeron a las normas de seguridad y transitaron por un sendero demarcado con amarillo para los peatones. Así, acortando camino hubieron llegado hasta el despacho del gerente. El encargado ingresó a la oficina en donde se hallaba sentado a su escritorio un señor de gran contextura física y de marcados rasgos nórdicos. Era lo que Miguel percibía a través de los cristales después que una secretaria le ofreciera asiento. Se sentía observado, tanto por la dama como por el gerente que desde adentro le dirigía ciertas miradas. Permaneció tranquilo, pues nada incorrecto había cometido. Por fin el capataz se asomó a la puerta y le solicitó amablemente que ingresara, permaneciendo junto a él. Tomaron asiento y esperaron a que el gerente, con un marcado acento extranjero, se dirigiera a Miguel. Así, entre otras cosas, tras destacar su notable intervención en los hechos del día, que lindaban con el heroísmo, le preguntó.

—¿Y qué andar haciendo usted por estos lados…?

Miguel enmudeció mientras en su mente se aglomeraron una serie de respuestas. ¿Cuál de ellas sería más oportuna…? Hasta que el orgullo se impuso.

—Solo paseaba por los alrededores, señor —respondió e intentó bajar la cabeza, sin embargo, fue ese el gesto que le delató frente a su interlocutor, que acotó.

—Yo necesitar que usted sea muy sincero… Tengo la certeza que no estaba allí por casualidad. —Después agregó— ¿Y de donde es usted...? —Miguel respondió, esta vez con honestidad, tal como se lo solicitaron.

—Provengo —dijo haciendo una pausa— de un pueblo distante. Vine a la ciudad en busca de trabajo… —Y desde ahí comenzó el relato de su declive comercial. Ambos jefes le escucharon atentamente hasta que él cesó guardando silencio.

—Ya me parecía —respondió el gerente—. Pues bien, este deber ser un día de suerte, no solo para el trabajador accidentado, que por cierto y en buena hora gracias a su intervención se encuentra sano y salvo, sino también para usted, que desde hoy ya tiene trabajo, si así lo quiere…

Miguel se quedó perplejo. Después de observarlo, el gerente le dijo.

—Ya pues, puede llamar a su familia que le está esperando, para comunicarle que a partir de hoy es miembro trabajador de nuestra empresa.

Difícil situación la de comunicarse con su familia pues, aunque inconscientemente intentó buscar entre sus pertenencias, en las cuales solo palpó el pequeño compás, ahí recordó que no era portador de su teléfono celular, pues la mala situación económica le había llevado a prescindir de su plan de llamadas y hubo de reconocerlo ante el gerente.

—Lo siento, señor, pero no llevo teléfono —y lo asumió con vergüenza, haciendo conciencia y recordando tal vez en lo que ese aparato se ha transformado para la actual sociedad. Él aún no olvidaba su número, pero ahora de nada le servía, ya que se había inhabilitado por falta de pago.

—No preocuparse usted. —respondió el gerente—. Llame de este de empresa… —y le ofreció un aparato que levantó de su escritorio.

Miguel tomó el teléfono y cuando quiso marcar, una vez más otro motivo de vergüenza, en su familia ya todos habían prescindido de sus respectivos celulares, lo recordaba muy bien y de esa forma le comentó a su benefactor, quien le respondió.

—Pues entonces llame a un amigo o alguien conocido—insistió.

En ese preciso instante, Miguel Asencio echó de ver que no recordaba numeración alguna. Claro en épocas pasadas todos memorizábamos ciertos números telefónicos, principalmente los que usábamos con más frecuencia o bien llevábamos una libreta donde apuntábamos los contactos, las había de distintos diseños, él tenía una que se plegaba como un acordeón, pero ahora, producto de la tecnología, que en caso de emergencia nos jugaba en contra, todos nuestros contactos residían en la memoria del respectivo aparato celular. Así, cientos de números de contactos guardados sin que memorizáramos ninguno. Como en este caso específico, esto era un contratiempo.

Hubo de reconocerlo ante sus anfitriones, no podría contactarse, pues no había medio de comunicación. Ambas jefaturas así lo comprendieron y se hacían cargo de la situación.

—Pues bien —manifestó el gerente—, vaya usted tranquilo a su casa y regrese el lunes que aquí le ubicaremos en un buen puesto de trabajo, el señor capataz le dará mayores informaciones. —Y les solicitó retirarse para continuar con sus obligaciones debido a que en su teléfono estaba entrando la llamada de un tercero.

Salió el capataz junto a Miguel, quien nuevamente bajó la cabeza, avergonzado seguramente, de lo cual una vez más este jefe se percató.

—¿Qué le ocurre ahora, estimado…— interrogó?

—Siento decirlo, pero, no tengo dinero para regresar a casa, pues el último billete con el que contaba lo invertí en una herramienta —y procedió a mostrarle el pequeño compás que llevaba en un bolsillo. Perdone usted, pero…, olvidé que no estoy en condiciones de invertir, ha sido solo la fuerza de la costumbre…

—Está bien, hombre, no se diga más, qué bueno que no ha olvidado que la compra de una herramienta es una buena inversión… tal vez nos sirva para que el publicista pueda usarlo como recurso… ¿No le parece…? Ahora pasaremos por caja, en donde le practicarán un anticipo y vaya usted tranquilo. —Le extendió su mano y brindó un fuerte apretón diciendo: —Nos vemos el lunes a partir de las 8:00 hrs. Trate de ser puntual…

Cuando Miguel dejó las dependencias y salió de nuevo al antepatio, le pareció haber entrado a una dimensión distinta, de mucha claridad. Reparó que en todos los pilares de la reja perimetral habían instalado unas astas, las cuales en su extremo superior sostenían grandes banderas que flameaban conteniendo imágenes de distintas herramientas de la marca en cuestión. El aire y el espacio abierto parecieron inflarle el alma, más aún cuando, dirigió su vista hacia la gigantografía y comprobó que el inmenso taladro descansaba anclado a la base desde la empuñadura, mientras una colosal broca con inclinación perpendicular apuntaba hacia el cielo como si fuera a perforar el infinito… Cogió el compás en sus manos, lo acarició y se dirigió a la puerta de salida. Un guardia le dio el saludo de despedida y Miguel inició su viaje de regreso…

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